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Dar Nalgadas a los Hijos ¿Es una buena manera de Disciplinar?

Esta semana te quiero compartir algo que el Dr. James Dobson especialista en desarrollo infantil escribió.

En una ocasión unas Mamás le hicieron unas preguntas, estoy seguro que te podrán ayudar a ti como Mamá.

Preguntas de Mamás:

1.- Nunca le he dado nalgadas a mi niña de 3 años porque temo que eso le enseñe a pegarles a otras personas y a ser una persona violenta. ¿Cree usted que me equivoque?

R= Plantea usted una pregunta sumamente importante, que refleja un malentendido muy común con relación a la educación de los niños. En primer lugar, permítame recalcar que sí es posible, e incluso fácil, el formar a un niño violento y agresivo cuando ha observado este tipo de conducta en el hogar. Si habitualmente recibe golpes de sus padres que son hostiles e irascibles, o si es testigo de violencia física entre adultos encolerizados, o si siente que en su familia no lo aman ni lo aprecian, el niño no se quedará sin notar cómo se realiza ese juego. Por eso el castigo corporal que no se administra conforme a lineamientos cuidadosamente pensados es algo peligroso. El ser padre o madre no confiere ningún derecho de abofetear o intimidar a un niño sólo porque uno tuvo un mal día o  anda de mal humor. Es precisamente este tipo de disciplina injusta lo que hace que algunas autoridades bienintencionadas rechacen por completo el castito corporarl.

Sin embargo, el solo hecho de que una técnica se use incorrectamente no es razón para rechazarla por completo. Hay muchos niños que necesitan desesperadamente esta clase de resolución a su desobediencia. En aquellas situaciones en que el niño comprende a cabalidad lo que se le está pidiendo que haga o no haga, pero se niega a ceder al liderazgo del adulto, unas buenas nalgadas son el camino más corto y más eficaz para llegar a un ajuste de actitudes. Cuando él baja la cabeza, aprieta los puños y deja ver que se está armando para el pleito, la justicia debe hablar pronta y elocuentemente. Esa reacción no solamente elimina la agresividad en el niño, sino que le ayuda a dominar sus impulsos y a vivir en armonía con diversas formas de autoridad benevolente a lo largo de la vida. ¿Por qué? Porque va en armonía con la naturaleza misma. Pensemos en el propósito que el dolor leve tiene en la vida del niño.

Supongamos que Pedrito, de dos años, jala un mantel, y que un florero con rosas que hay encima se vuelca sobre el borde de la mesa, golpeándolo en la frente. De este dolor él aprende que es peligroso jalar un mantel a menos que sepa qué hay encima. Cuando toca una hornilla caliente, pronto aprende que el calor hay que respetarlo. Si llega a vivir cien años, jamás en su vida volverá a extender la mano y a tocar una hornilla roja. La misma lección la aprende cuando le jala la cola al perrito y obtiene de inmediato una hermosa fila de dentelladas en el dorso de la mano, o cuando se baja de su sillita alta, mientras su mamá no lo está mirando, y descubre cómo funciona la ley de gravedad.

Durante tres o cuatro años va acumulando chichones, moretes, raspones y quemaduras, y cada uno de ellos le va enseñando los límites de la vida. ¿Acaso estas experiencias hacen de él una persona violenta? ¡No! El dolor que va asociado a esos acontecimientos le va enseñando a evitar el volver a cometer esos mismos errores. Dios creó este mecanismo como un valioso medio de instrucción.

Ahora bien, cuando un padre o madre administra razonablemente unas nalgadas como respuesta a una desobediencia deliberada, se le está dando al niño un mensaje no verbal parecido. Él debe entender que no sólo en el mundo físico hay peligros que evitar. Debe cuidarse también de peligros en su mundo social, tales como el desafío, la insolencia, el egoísmo, los berrinches, las conductas que ponen en peligro su vida, etc. El leve dolor que va asociado con esas formas deliberadas de mala conducta tiende a inhibirlas, así como el malestar ayuda a configurar la conducta en el mundo físico. Ninguna de las dos cosas transmite odio. Ninguna de ellas produce el rechazo. Ninguna de las dos hace que el niño sea más violento.

La verdad es que los niños que han experimentado castigo corporal por parte de sus padres amorosos no tienen dificultad alguna en entender su significado.  Me acuerdo de mis buenos amigos Arthur y Ginger, que tenían cuatro niños muy hermosos que a mí me encantaban. Uno de ellos pasó por un período difícil en que sencillamente “se lo andaba buscando”. El conflicto llegó a su clímax en un restaurante, cuando el niño siguió haciendo todo lo que podía por portarse mal. Por fin Arthur lo sacó al estacionamiento para darle unas nalgadas que eran más que necesarias. Una mujer que iba pasando observó la escena y se indignó. Reprendió al padre por “maltratar” a su hijo, y dijo que se proponía llamar a la policía. Ante eso, el niño dejó de llorar y le dijo a su padre:

¿Qué le pasa a la señora, papá?

Él sí que había entendido la disciplina, aunque su defensora no la entendiera. Un niño o niña que sabe que en casa abunda el amor no va a resentir unas nalgadas bien merecidas. En cambio, el que no es amado o recibe un trato de indiferencia va a detestar cualquier forma de disciplina.

2.- ¿Cree usted que hay que pegarle a un niño por cada acto de desobediencia o de desafío?

R=NO. El castigo corporal debe ser algo que ocurre con bastante poca frecuencia. Hay ocasiones apropiadas para que él niño se quede sentado en una silla “pensando” en su mal comportamiento, o se le puede privar de algún privilegio, o mandarlo a su cuarto para “pasar un momento aislado”, u obligarlo a trabajar cuando había planeado jugar. En otras palabras, hay que variar la manera de responder ante la mala conducta, siempre con la esperanza de mantenerse un paso adelante del niño. Lo que uno se propone es reaccionar continuamente en la forma que beneficie al niño, y en proporción al “delito” cometido. En ese sentido, no hay nada que pueda sustituir la sabiduría y el tacto en el papel de los padres.

3.- ¿En qué partes del cuerpo diría usted que se debe aplicar el castigo físico?

R= Debe limitarse a la zona de las nalgas, donde es muy poco probable que se pueda infligir un daño permanente. No soy partidario de abofetear a un niño ni de sacudirlo fuertemente de los brazos. Una forma de lesión común aparecía en la sala de emergencias del Hospital Infantil, cuando yo trabajaba allí, tenía que ver con niños que sufrían de dislocación de hombros. Los padres, encolerizados, les habían halado los bracitos y les habían dislocado el hombro o el codo. Si uno le pega al niño sólo en las nalgas o en la zona superior de las piernas, creo que lo estará haciendo correctamente.

4.- ¿Hay una edad específica en la que se empieza a dar nalgadas a un niño? ¿ Y a qué edad se le deben dejar de dar?

R=  No hay excusa para dar castigo físico a bebés o niños menores de quince a dieciocho meses de edad. ¡Hasta el sacudir a un bebé puede ocasionarle un daño cerebral o la muerte, en esta edad tan delicada! Pero hacia la mitad del segundo año (los dieciocho meses), el niño o niña ya es capaz de saber lo que uno le está diciendo que haga o que no haga. Entonces, de un modo muy gentil, se les puede pedir cuentas por su comportamiento.

Supongamos que un niño está extendiendo la mano hacia un tomacorriente o algo que le va a lastimar. Uno le dice¡No!, y él simplemente devuelve la mirada y continúa extendiendo la mano. Uno puede ver en su cara la sonrisa de desafío, mientras piensa: “Lo voy hacer de todos modos”. Yo recomendaría un manotazo en los dedos, apenas lo suficiente como para que le pique. Un poquito de dolor logra mucho a esa edad, y comienza a manifestarles a los niños las realidades del mundo y la importancia de escuchar lo que uno les dice.

No existe un momento mágico al final de la infancia cuando las nalgadas pierdan su efecto, porque los niños difieren mucho unos de otros en lo emocional y en su desarrollo. Pero como línea general, yo sugeriría que la mayor parte del castigo corporal debe concluir antes de que entren a primer grado (los seis años de edad). A partir de entonces debe ir menguando, y terminar cuando el niño está entre los diez y los doce años de edad.

Toma en cuenta estos consejos y platícame cómo te fue.

Mario García – Obsesionado con la Felicidad de tus Hijos

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